Embarazo

EMBARAZADA POR PRIMERA VEZ

Cuando era más jovencita estaba convencida de que algún día sería mamá. De que los almuerzos serían maravillosos frente a una mesa llena de niños, de alboroto y de inocencia. Una mesa con un padre y una madre maravillosos, quería una familia idílica.
Un día de diciembre descubrí que estaba embarazada, que en mi vientre se gestaba una vida, de que algo nuevo y diferente iba a suceder. Esa noche buena todo cambió. Me topé de bruces con el miedo, la culpa y la incertidumbre, tres grandes aliados que aún no dejan de asomarse de vez en cuando. La maternidad estaba cerca y no sabía que debía hacer. De repente, tuve que pedir citas y pruebas, ver a médicos de cabecera, matronas y tocólogas. Pensar en ropa, preparación al parto y natación. Era una mezcla extraña de sensaciones. Algo crecía en mi interior. Fui consciente de ello cuando escuché por primera vez su corazón, tan fuerte e intenso. Tan pleno y puro. Iba a ser mamá.

Mis miedos aparecieron con hormonas revolucionadas los días menos esperados. Mi cuerpo comenzó a cambiar y la ropa a estrechar. Tenía apetito, y mucho tiempo, sobre todo tiempo. Trabajaba, nadaba, paseaba, leía, escribía. Vivía en pareja, veía a amigas, disfrutaba de la familia, cocinaba con placer, escuchaba música. Tenía intimidad, espacio y tranquilidad. Entonces comencé a cuestionarme si sabría hacerlo, si sabría cuidar un bebé, si sabría lo que necesitaba en cada momento. Con ello llegaron algunas noches de insomnio que alargaban los miedos hasta que me dormía. Horas nocturnas que pasaban con lágrimas en los ojos o con extraños sueños que no sabía descifrar. Aquel primer embarazo hizo que temblara todo mi ser esperando algo desconocido para mí. Aquella madre perfecta que soñaba de jovencita comenzaba antes de tiempo a no serlo. Pero quería verla, conocerla, sentirla con mis manos, quería ponerle nombre y compartir una vida futura. Quería vestirla, alimentarla y mimarla. La esperaba en una probable fecha de parto, seguía instrucciones que a veces me saltaba y que a veces tan ingenua yo me las creía. Como me creí que “dando tres empujones bien dados” recomendados por mi matrona de preparación al parto, el bebé saldría disparado, con un leve dolor que habría sabido controlar a la perfección gracias a las respiraciones “practicadas” en clase. ¡Qué ingenua! Qué idílico era todo. 1501107617884.jpg
En esa etapa aprendí que un embarazo no son nueve meses si no cuarenta semanas. Que las estrías pueden salir también aunque hidrates la piel. Que las manchas de la cara te aparecen por muy protegida del sol que vayas. Descubrí que existen unas puñeteras hormonas que no te sueltan hasta pasados varios meses de tener al bebé y que pueden complicarte la existencia. Me di cuenta también que no estás hermosa en el final, que estás hinchada, con la nariz de Shrek y unas piernas de elefante doloridas e incómodas. Que tienes una vejiga al mínimo de su capacidad que te hace ir al baño treinta veces de día y de noche. Comprobé que habían comidas que me daban asco sólo esos meses, que aunque no tuviera nauseas había ciertos malestares y fatigas. Aprendí que una patadita puede ser un patadón y que sus giros podían incomodar muchísimo en mi pelvis. Pude sentir mis andares de pato y mis movimientos imposibles tumbada en la playa. Y aún así, lo recuerdo con cariño.
Calmaba mis angustias mirando la ropita que había guardado en cajones, pintando la habitación y preparando un espacio cálido para ella. Y afloraban los dilemas. ¿Qué cosas necesitaría? ¿Era importante un esterilizador de biberones? ¿un sacaleches? ¿Cuántas toallas o sábanas? ¿moisés o cuna? ¿bañera-cambiador o separados? …
Y crecía mi barriguita, pequeña, tersa y morena. Pasaban los días, las semanas y los meses, y todo iba cogiendo color, ella forma, nosotros ilusión y yo seguridad, si eran tantas en el mundo ¿porqué yo no? IMG_20170726_234139
Pasé todo mi embarazo con mucha actividad, salía y entraba como antes de llevarla en mi interior. Y cuando menos lo esperaba aparecía nuevamente el miedo, por cosas que desconocía y que podían suceder. No se movía como de costumbre ¿era normal? ¿le pasaba algo? ¿era yo? Y la tocóloga me enseñó cómo medir sus movimientos, que no debía alarmarme porque todo estaba bajo control y dentro de la normalidad, me relajé.
Pero¿sabría afrontar un parto?¿me dolería? ¿Sería capaz de respirar como me dijeron? Me habían hablado de tantos partos durante mi estado que no era consciente de que mis mayores miedos venían dados por lo que me habían contado y leído en esta etapa.
El esperado día llegó, nueve días más tarde de lo probable. No sabía lo que era el cuello del útero, ni lo que era oxitocina, el goteo, ni monitores. No sabía nada de lo que era parir. Desconocía lo que eran contracciones, tapón mucoso o romper aguas. La ignorancia me ayudó a dejarme llevar por aquella maravillosa matrona que guío todos mis pasos, que hizo llevadero lo que creí que sería un infierno.
Entonces entre sudores, dolor y empujones llegó mi pequeña campeona. Calentita, resbaladiza, con un cordón latente que seguía uniendo nuestros cuerpos. Y lloré. Una gran emoción recorrió mi interior, se acababa de encender una llamita en mi vida. Estaba en mi pecho, rodeada por unos brazos inseguros cargados de ilusión. Acababa de finalizar un periodo de nueve meses, me adentraba en lo desconocido, la extraña maternidad.

Y tú ¿Cómo vivistes o vives tu embarazo?

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