Crianza·Reflexiones

¿EDUCANDO?

Educar es enseñar en valores. Es enfocar un comportamiento hacia lo que es considerado correcto.

Se hace difícil diferenciar lo que creemos que está bien con lo que socialmente está establecido.

Cuando llegó el momento en que tenía que comenzar a educar primero a mi hija y posteriormente a mis hijos se cruzaron un sinfín de cables que no sabía desenredar. Con la primogénita aún tenía tiempo para buscar y leer sobre temas cercanos a los que estaba viviendo. Me apoyaba en las teorías o normas que más me gustaban e intentaba llevarlas a cabo con la mayor calma y paciencia posible:

 Cuando empezaba a coger, abrir o subirse en todo lo que se le ponía por delante era momento de poner límites; de no decir NO cada vez que quería que dejara de tocar, abrir o subirse en algo. Cuando comenzó a posicionarse en sí misma y aparecía algún berrinche, leía como debía hablarle y llevar la situación para que no fuera más que un simple enfado. Cuando era momento de marcharse de algún sitio como dirigirme a la peque y avisar de que en breve nos marchábamos para que no le pillara por sorpresa. Cuando no quería prestar sus juguetes… ¿debía dejar o no dejar sus juguetes? Cuando nos encontrábamos con alguien y no quería saludar ¿debía obligarla o es algo pasajero de la peque? Porque ¿Quién dice que es lo correcto en la educación? ¿si está bien decir NO o no decirlo? ¿Si decirles muy bien les va a crear dependencia o los va a motivar? ¿Quién sabe si en mis circunstancias puedo llevar a cabo ciertas teorías o no? ¿si mis hijos necesitan una cosa u otra?

Entonces la cosa comenzó a complicarse cada vez más, sumándose a ello el nacimiento de mi trasteador mediano. El tiempo quedo reducido a la mitad, como si me hubieran quitado 12 horas que tiene un día. Estaba a dos niveles completamente diferentes, ella con cuatro años y él un bebé. Quería hacerlo bien con cada uno de ellos, pero la verdad es que lo que usé con ella no me servía con él. Tampoco me quedaba mucho tiempo para leer e investigar formas de educar,  o me parecían muy difícil de llevar a la práctica. No porque fueran complicadas, si no porque comenzaba con buen pie y terminaba olvidándome de todo usando herramientas intuitivas que posiblemente eran incorrectas.

En la actualidad hay cientos de recomendaciones, hipótesis, reglas, claves, consejos, étc, que llegan a nuestras manos sobre cómo desarrollar las facultades de nuestros hijos. De cómo hablarles, enseñarles o encaminarles hacia lo que nosotros creemos correcto. Mostrarles valores e ideales. En fin, educarles de la mejor forma posible. Es tanto lo que “debemos” llevar a cabo que en mi caso me sobrecargo y no llego a completar ninguna de las teorías que leo y me entusiasman de verdad. Para mi gusto hay sobreinformación. Cuando estás aplicando unas claves para mejorar comportamientos resulta que ya hay algo más novedoso y con mayor  beneficio para nuestros hijos. O con los años resulta que salen estudios que demuestran que aquello que era tan bueno y efectivo no era tanto como parecía. Las mamás y papás nos volvemos un poco locos con tantas historias y en el fondo, lo único que queremos es hacerlo bien. Porque perfecto nunca será.

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En mi caso, a día de hoy , intento mantener la calma y ser paciente, pero cuando estoy sola y llevo una hora preparando cosas para poder salir de casa con el bebé en brazos (porque si lo dejo en el suelo llora) haciendo la papilla de frutas con una mano, preparando bocadillos, agua, juguetes, la mochila, avisando que se vayan vistiendo porque vamos a salir, y respirando porque cada diez minutos tengo que repetir que se vistan y se aseen, la paciencia deja de ser la misma. Cuando consigo tener una parte organizada y cambiarme de ropa, el mediano esta con la camisa en el cuello y dando vueltas sin vestirse, la mayor dice estar lista pero sigue leyendo en la cama vestida pero sin zapatos, sin peinarse o cepillarse los dientes. Mientras el bebé, el cual he conseguido vestir y dejarlo en el suelo abre los cajones y comienza a sacar ropa interior a modo de confeti. Entonces respiro. Vuelvo a repetir con paciencia que en diez minutos salimos y deben terminar lo que están haciendo, preparar lo que se vayan a llevar al parque y salir por la puerta. No sé cómo ni porque el mediano continúa con la camisa en el cuello pero sin meter los brazos en las mangas, la mayor se reactiva y hace que se peina mientras el bebé ya listo se hace caca. Sigo respirando casi hasta agotar el oxigeno que hay en la casa, cambio al pequeño, el mediano no encuentra los zapatos y la mayor sale del baño con un pelo que parece endemoniado. Entonces, llega la odiada autoridad con chispas de chantaje gritando: -¡O terminan ya,  o no vamos a ninguna parte!-

En una sola frase consigo sumar los errores que todo buen psicólogo, terapeuta, maestro, filósofo, pediatra o pedagogo desaconsejaría por completo para la educación de nuestros pequeños.

Lo cierto es que la teoría la tengo bien aprendida, o eso creo. La autoridad que ejercemos sobre nuestros hijos para que cambien o modifiquen hábitos no hace más que mellar su autoestima. Sé que hay mucho que trabajar en mí y es el momento de hacerlo con ellos. Hay frases como ¡Porque lo digo yo!  Que son más rápidas de aplicar y tiene efectos más inmediatos que un largo debate con preguntas que empiezan siempre con ¿Por qué?. Pero ser autoritarios no enseña a nuestros hijos, los hace sumisos.

Cada casa tiene un ritmo, cada mamá vive su maternidad como mejor sabe, cada hija e hijo de este mundo está aprendiendo de nosotros, de los demás y de la vida. Cada error que cometemos no es para fustigarnos si no para cambiarlos. Nos pueden ayudar todas las teorías que existen, aplicar unas reglas u otras, pero nada nos va a hacer mejorar si no confiamos también en los pequeños, si no simplificamos más nuestra atención sobre ellos. Los trasteadores solo buscan junto a mamás y papás las formas más sencillas de vivir.

Educar sin chantajes, sin gritos ni castigos, enseñar valores y formas adecuadas para vivir, creer en ellos, hablarles, escucharles. No sé si educar será una utopía, lo que sí sé, es que es muy complicado, porque nunca sabes cuál es el camino correcto. Enseñarles a ellos es educarnos a nosotros mismos.

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