LO QUE TE QUITA LA MATERNIDAD

Me quedé embarazada por primera vez con veintitrés años, y a pesar de que mi madre ya me había puesto sobre aviso de lo que ocurriría los treinta y seis primeros meses, quise hacer oídos sordos. Y claro, con lo bonita y sencilla que se viste la maternidad no iba a aceptar que esos tres primeros años no tendría “vida propia”. Lo que no se cuenta no existe, pero lo que se cuenta y no se escucha te empuja con fuerza hacia el abismo.

Y llegó el hito que marcó mi rumbo, en aquel paritorio quedó mi pasado para comenzar extenuada con mi futuro; se agruparon los silencios con los vacíos, las lágrimas con las penumbras y el cansancio con las madrugadas. Me dejé arrastrar por la maternidad pensando que así lo tenía todo, cuando en realidad me había esquilmado a mí misma de un plumazo, sin sentir ni padecer con lo anterior, como si ese yo, no hubiera existido. 1542582926301

Se cayeron los minutos del reloj dando pecho, acunando por el pasillo y calmando llantos. La energía se apagó con los pañales, las comidas, los paseos y la ropa. Se me olvidó quien era para quedar abnegada a mis hija/os. En cualquier intento de subir a la superficie veía el precio del reproche, la cínica culpabilidad que parece acompañarme siempre. Querer volver a ser la anterior partiendo de la maternidad ya era imposible. 

Mi madre me lo había contado, esa invisible transformación que hiere el alma y anula  la estima propia, y no la escuché, no quise escuchar, porque es más bonita la felicidad vendida. Tenía que descubrirlo por mí misma, con un bebé y el pasó de los meses, pude darme cuenta de que ya no era la mujer de antes, a pesar de que deseaba mi espacio muchas cosas habían cambiado dentro y fuera de mí,  aunque no mis gustos, que parecen no poder despertar de ese prolongado estado de letargo; no por dormidos si no porque las prioridades cambiaron desde que fueron llegando a casa una a uno, mis tres hijos.1542582880663

Nunca me he arrepentido de ser madre, pero hubiera esperado, para terminar unos estudios, para hacer un recorrido laboral que se complica con los años, o para estar más en pareja. No sabía que no tendría tiempo para coger un libro, escuchar música, depilarme sin prisas, hacer largas llamadas, tomar un café sin levantarme cien veces de la silla,  ir a comer con largas sobremesas, practicar deporte, cocinar a gusto, o algo tan simple como ir al baño. Pero lo cierto es que si hubiera esperado unos años también me hubiera arrebatado otras cosas, y es que para esto de la maternidad no se está nunca preparada, siempre nos quitará parte de nosotras. Y esto nada tiene que ver con la conciliación o con parejas que sean parte real de esta etapa, es algo que viene con el bebé, y no es un pan, es entre otros, cansancio. Cansancio físico que te desploma, pero que cuando lo comienzas a controlar aparece el mental, el que no te deja arrastrar ni pies ni cabeza. Una prolongada e impalpable debilidad con la que se hace difícil avanzar. La maternidad te da miles de cosas, pero te quita otro tanto igual que quizás no puedas recuperar jamás. 

Estamos muy acostumbradas a ver la belleza de la maternidad -cuando no somos madres- y nos cuesta aceptar que no tendremos vida propia o que será un duro recorrido. Si desmitificamos juntas no nos caerá como un jarro de agua fría, y por lo menos, tendremos para cuando esto suceda una toalla preparada.

 

 

 

 

 

 

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